NO HAY QUE PONERSE NERVIOSOS…. AUN…

La economía española está en una fase expansiva y todas las previsiones apuntan a que, en ausencia de shocks externos negativos, el crecimiento seguirá siendo robusto en los próximos meses. Es lo primero que hay que dejar claro ahora que algunos hacen sonar las alarmas.Algunos indicadores económicos ya han empezado a mostrar la tendencia a la desaceleración prevista tras el intenso crecimiento de estos años y hay que seguir de cerca la coyuntura para prevenir riesgos. Pero ello no debe llevar a conclusiones apresuradas. Todo apunta a que España cerrará previsiblemente el año con una tasa de crecimiento del PIB del 2,7%; algo inferior a la del año pasado pero notablemente por encima de los países de nuestro entorno. Cifra idéntica a la anunciada por el anterior Gobierno, que hace poco más de tres meses calificaba la situación de excelente.Los principales indicadores macroeconómicos confirman la solidez del crecimiento pero ni mucho menos podemos caer en la complacencia.En primer lugar, porque estos resultados se deben en buena medida a importantes impulsos externos, esos «vientos de cola» que antes o después desaparecen. Factores exógenos, como la política monetaria expansiva del Banco Central Europeo o los bajos precios del petróleo y otras materias primas, han tenido un impacto en el crecimiento del PIB estimado en más de un punto porcentual por año. La necesaria recuperación del consumo y la inversión tras la larga crisis también ha sido un motor importante de la actividad económica cuyo impacto poco a poco se amortigua.En segundo lugar, porque detrás de los datos positivos se esconden otros que revelan desequilibrios que no deben ser ignorados si queremos que el crecimiento sea sostenible a medio plazo. Desempleo inaceptableLa tasa de desempleo, y muy especialmente el desempleo juvenil, sigue estando en niveles inaceptables. También la calidad del empleo creado, con contratos tan inestables y tal reducción de salarios que se ha alumbrado una nueva categoría: la de los trabajadores pobres. La volatilidad intermensual de las cifras de afiliaciones a la Seguridad Social y paro registrado, que ha alcanzado niveles máximos en este mes de agosto, ilustra bien esta enorme rotación y el efecto desestabilizador de una excesiva contratación temporal.Además, la deuda pública ha crecido en 400.000 millones de euros desde el año 2011 y llegó al cien por cien del PIB en 2014, sin que desde entonces se haya aprovechado el alto crecimiento económico para hacer descender su peso más de allá de unas décimas. La reducción del déficit se ha debido a la buena marcha del ciclo, sin mejorar nada la situación estructural de nuestras finanzas públicas -la que cuenta para su sostenibilidad futura- que incluso se ha deteriorado en 0,3 puntos porcentuales de media anual desde 2014 según estimaciones de la Comisión Europea.Los desequilibrios de nuestra economía no son achacables sólo a la pasada crisis, sino que han sido reforzados por una política económica centrada en recortes del gasto público, bajadas de impuestos y confianza ciega en el poder equilibrador de los mercados.En este contexto, la consolidación presupuestaria es inexcusable. Debemos mantenernos en una senda de reducción del déficit público, no sólo para garantizar la estabilidad financiera, generar márgenes fiscales para afrontar futuras crisis y reducir la carga de la deuda, que cada año absorbe un volumen muy importante de recursos públicos en lugar de destinarlos a inversiones productivas o políticas sociales, sino por justicia intergeneracional; para no aumentar la factura que dejaremos a nuestros hijos y nietos.

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